“Los salmos y su uso en la adoración pública y privada” Por el Hno. Jhony Puentes

Posted on abril 10, 2023

Home Blog Entradas “Los salmos y su uso en la adoración pública y privada” Por el Hno. Jhony Puentes

Salmo 121

"Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, Ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, Ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada Desde ahora y para siempre."

Bible Verse of the Day

Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.
Exemple

“Los salmos y su uso en la adoración pública y privada” Por el Hno. Jhony Puentes

Introducción 

No cabe la menor duda que los salmos de David son una expresión divina de la forma correcta de adorar a Dios en todas las dispensaciones del pacto de gracia. No obstante, se cae en el error de pensar que son la única forma autorizada que Dios ha dado a su pueblo para que se le adore. Optar por una adoración pública y privada delimitada exclusivamente a los 150 salmos del Antiguo Testamento, es divagar en el margen de un error teológico, hermenéutico e histórico. Por ende, se argumentará a favor de una salmodia “inclusiva” dentro del marco del principio regulador y en concordancia con los estándares confesionales de Westminster. En primer lugar, se hará un barrido teológico por el Antiguo testamento argumentando por una adoración no limitada al salterio. En segundo lugar, se expondrá el testimonio de la iglesia neotestamentaria y el uso de himnos “no inspirados”. Por último, se concluirá abogando por el uso del salterio en nuestros días. 

I. Evidencia teológica de la adoración del pueblo de Dios no limitada a los 150 salmos de David. 

            Los exponentes de la salmodia exclusiva abogan por la consistencia que se debe tener en la interpretación de la revelación progresiva de Dios. Así pues, la idea del uso obligatorio de los salmos del Antiguo Testamento para la adoración corporativa, argumentando que por buena y necesaria consecuencia es lo que se deduce de las sagradas escrituras.[1] El Dr. Ryan McGraw profesor de teología sistemática del seminario teológico Greenville explica: 

“El término buena y necesaria consecuencia se refiere a doctrinas y preceptos que son verdaderamente contenidos y destinados por el autor divino en la escritura, aunque no son encontrados o decretados en la superficie del texto, y deben ser legítimamente inferidos de uno o dos pasajes de la escritura. Como la frase indica estas inferencias deben ser buenas o legítimamente establecidas y extraídas del texto. En adición, deben ser necesarias, lo contrario a impuestas o arbitrarias”.[2]

De esta manera argumentan que del cántico de Moisés en Dt 32, del cántico de Débora y de Barac en Jue 5, del cántico de María y Zacarías en Lc 1:46-56; 67-79, o del nuevo cántico de Ap 5:9-10, no se puede inferir una legitimidad de nuevos cánticos en la iglesia del Nuevo Testamento, dado que se sitúan en contextos de victoria de guerra, o en una dispensación diferente del pacto de gracia. Esto pues, dicen ellos, se deduce por la buena y necesaria consecuencia. Por lo tanto, no deben ser usados otros cánticos diferentes a los de los 150 salmos del Antiguo Testamento, puesto que Dios sólo autorizó a los salmistas escribir cánticos de adoración.[3]

            En contraste se puede evidenciar claramente el error teológico y hermenéutico de dicha posición. Los salmos fueron escritos en un periodo de más de cientos de años.[4] Esta revelación progresiva indica que a Dios le plació que su pueblo le adorará por sus maravillas[5] las cuales se desarrollan en periodos de tiempo, y como Dios no solo obró hasta que los salmos fueron escritos y documentados, no cabe duda de que por buena y necesaria consecuencia se puede deducir, que si la adoración se debe llevar a cabo en congruencia con las maravillas de Dios: 

“¿Cómo podemos negar a la iglesia en la tierra la alegría y el privilegio de alabar a Dios y adorar al Cordero que fue inmolado? ¿Cómo podemos cantar sin nombrar nunca el nombre de Jesús? ¿Cómo podemos hablar de la poderosa victoria de Cristo encarnado en las sombras y no de forma clara, rica y completa? Si nuestros himnos reflejan fielmente la doctrina del Nuevo Testamento, y expresan ricamente la gloria de Dios y la obra de Cristo, creemos que estamos haciendo lo que es aceptable para el Señor”.[6]

II. Evidencia histórica de la adoración de la iglesia del periodo Novo testamentario. 

No hay que caer en la falacia apologética muy usada en nuestros días de utilizar la historia de la iglesia como regla de fe y conducta. No obstante, se comprende por la palabra de Dios que en Su beneplácito Dios ha constituido pastores y maestros para la edificación de su pueblo (Ef 4:11-16) quienes construyen sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Ef 2:20). No sería sabio entonces negar el hecho de que la iglesia primitiva era celosa por la fe una vez dada a los santos (Hch 17:10-12) y Dios continúa preservando su iglesia de las artimañas del error hasta nuestros días por la promesa de Jesús: “sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”[7]

Se ha establecido en la primera sección de este ensayo la forma progresiva en la que la adoración se desarrolla en la historia de la redención. Por esto y lo anteriormente expuesto, si se puede demostrar que la iglesia primitiva no solo cantaba los salmos del A.T, sino también himnos “no inspirados” para la adoración pública y privada, no habría razones para mantener una posición de “exclusividad salmódica”. 

En primer lugar, en el libro de los Hechos 4:24-31 algunos exégetas parecen afirmar que está escrito en forma poética, más precisamente una canción. En el Reporte del comité de la OPC acerca de la adoración presentado de forma parcial a la Decimotercera Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa (1946) estípula: “También hay buenas razones para creer que la oración de la iglesia primitiva en Hechos 4:24-31 fue cantada”[8]. Cualquiera podría objetar que al final del versículo 31 es evidente que es una oración, pero no existe tal objeción con las oraciones que se encuentran en el libro de los Salmos. Usando la lógica exclusivista ¿Deberíamos entonces solo orar las oraciones que se hallan en los salmos? 

En segundo lugar, parece haber evidencia histórica de que la iglesia de los primeros siglos siguió este patrón. Según Hughes Oliphan Old en su libro acerca de la adoración escribe: 

“No hay duda de que los primeros cristianos escribieron himnos a Cristo y los cantaron en su adoración al lado de los salmos que cantaban como profecías cumplidas del mesías venidero. De hecho, muy poco después de los tiempos del Nuevo Testamento, leemos en una de las cartas del gobernador romano Plinio el Joven (61-ca. 113) al emperador Trajano (53-117) una breve descripción de un culto cristiano. Dice claramente que los cristianos cantaron himnos a Cristo”[9]

Estos himnos claramente no son una referencia directa a los 150 salmos del AT. Son una evidencia de un cántico nuevo (Sl 96:1) entonado por una iglesia Novo Testamentaria. Se puede apreciar que el objeto de su adoración era el Cristo ascendido, así pues, tenían el fruto de labios que confiesan el nombre de Cristo morando en abundancia en sus corazones; no necesariamente refiriéndose a los Salmos del AT. 

III. Por una salmodia “inclusiva”[10] en nuestros días. 

             Al comparar estas evidencias se concluye que no existe una salmodia “exclusiva” a la cual debamos aferrarnos para una adoración agradable a Dios, aunque debe admitirse que los salmos siempre han sido una buena guía para los cánticos de la iglesia contemporánea. Tratar de excluirlos por completo sería cometer un error garrafal, dado que es un mandamiento claro del Apóstol Pablo cuando dice que debemos: “cantar con gracia en nuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales”.[11]La palabra traducida salmos, es la misma palabra que utiliza el Apóstol Pablo para referirse a los salmos del Antiguo Testamento; además, En la confesión de fe de Westminster, capítulo 21: de la adoración, sección 5, se enfatiza esto mismo, aunque el término no se limitaba exclusivamente al Salterio[12]. Por lo cual no podríamos objetar que deben ser parte de nuestra adoración tanto pública como privada.

            Lastimosamente los salmos han sido cada día más olvidados en la adoración de la iglesia contemporánea. Al ser escritos por el mismísimo dedo de Dios, son una perfecta forma de elevar nuestros cánticos y oraciones a Él. No son el único elemento regulado por Dios para su propia adoración, ni los cristianos de la iglesia primitiva, medieval o reformada lo entendieron de esta manera; sin embargo, son muchas las razones por las cuales deberían ser entonados cada vez que el pueblo de Dios se reúne en la adoración corporativa, así como todos los días de la semana en los devocionales familiares. 

Bibliografía

Gordon, T. David. «The Israelites Were Not Exclusive Psalmists (Nor Are We)», febrero de 2014. https://opc.org/os.html?article_id=404.

Johnson, Terry L. «Restoring psalm singing to our worship». En Give praise to God: a vision for reforming worship: celebrating the legacy of James Montgomery Boice, editado por James Montgomery Boice, Philip Graham Ryken, Derek Thomas, y J. Ligon Duncan, 257-86. Phillipsburg, N.J: P & R Pub, 2003.

Marsden, Robert S., R.B Kuiper, W. Kuschke, John Murray, John H. Skilton, Edward J. Young, y William Young. «Report of the Committee on Song in Worship Presented to the Thirteenth General Assembly, on the Teaching of Our Standards Respecting the Songs That May Be Sung in the Public Worship of God», s. f. https://www.opc.org/GA/song.html.

McGraw, Ryan M. By good and necessary consequence. Explorations in Reformed confessional theology. Grand Rapids, Mich: Reformation Heritage Books, 2012.

Naylor, Peter J. «What should we sing?», 16 de mayo de 2008. https://banneroftruth.org/us/resources/articles/2008/what-should-we-sing/.

Old, Hughes Oliphant. Worship: Reformed According to Scripture. Rev. and Expanded ed. Louisville, Ky.: Westminster John Knox Press, 2002.

Van Dixhoorn, Chad B. Confessing the Faith: A Reader’s Guide to the Westminster Confession of Faith. Edinburgh, Scotland: The Banner of Truth Trust, 2016.


[1] Robert S. Marsden et al., «Report of the Committee on Song in Worship Presented to the Thirteenth General Assembly, on the Teaching of Our Standards Respecting the Songs That May Be Sung in the Public Worship of God», s. f., https://www.opc.org/GA/song.html.

[2] Ryan M. McGraw, By good and necessary consequence, Explorations in Reformed confessional theology (Grand Rapids, Mich: Reformation Heritage Books, 2012), 3. Traducción del autor. 

[3] 1 Cr 6 :31-48; 23:5; 25:1-8; 2 Cr 29:25-30, RVR1960. 

[4] T. David Gordon, «The Israelites Were Not Exclusive Psalmists (Nor Are We)», Ordained Servant Online febrero de 2014, https://opc.org/os.html?article_id=404.

[5] Sal 9:11; 13:6; 66:1; 67:4; 92:4; 95:1; 96:1; 98:1; 105:2; 139:14.

[6] Peter J. Naylor, «What should we sing?», 16 de mayo de 2008, https://banneroftruth.org/us/resources/articles/2008/what-should-we-sing/. Traducción del autor. 

[7] Mt 16:18.

[8] Robert S. Marsden et al., «Report of the Committee on Song in Worship Presented to the Thirteenth General Assembly, on the Teaching of Our Standards Respecting the Songs That May Be Sung in the Public Worship of God», s. f., https://www.opc.org/GA/song.html. Traducción del autor.

[9] Hughes Oliphant Old, Worship: Reformed According to Scripture, Rev. and expanded ed (Louisville, Ky.: Westminster John Knox Press, 2002), 39. Traducción del autor. 

[10] Terry L. Johnson, «Restoring psalm singing to our worship», en Give praise to God: a vision for reforming worship: celebrating the legacy of James Montgomery Boice, ed. James Montgomery Boice et al. (Phillipsburg, N.J: P & R Pub, 2003), 278.

[11] Col 3:16.

[12] Chad B. Van Dixhoorn, Confessing the Faith: A Reader’s Guide to the Westminster Confession of Faith (Edinburgh, Scotland: The Banner of Truth Trust, 2016), 301-3.